viernes, 24 de diciembre de 2010

Las normas y su razón.




Todos buscamos seguridad. Pretendemos resguardarnos de posibles peligros, acorazarnos real o figuradamente de modo que los riesgos que puedan acecharnos se minimicen.
En mi profesión, como en tantas otras, estoy en permanente contacto con normas…Éstas en muchas ocasiones son una eficaz forma de resguardarnos. Las usamos, en ese sentido, de forma similar a cómo se emplean en la cocina el mango de una sartén y la espumadera.
Si cocináramos tocando directamente la parte incandescente de una sartén nos quemaríamos…Si asimos con fuerza y firmeza el mango del cazo y manipulamos los alimentos que están en el fuego con una espumadera difícilmente podemos dañarnos.
Cuando, sin embargo, perdemos el control de una situación nos vemos en la necesidad de actuar sin atenernos estrictamente al cauce que garantizan las normas, y en esos momentos puede ocurrirnos lo mismo que si metemos los dedos en una sartén con aceite hirviendo.
Es por ello que procuramos ser cautos, muchas veces en exceso… y nos parapetamos tras las normas, actuando desde el otro lado de la barrera…Nos atrevemos a azuzar al toro pero sólo con la voz y con el gesto… Y si nos dejaran “torearíamos” a tiros desde la grada de la plaza.
El exceso de protección o de celo puede ser algo asimilable a la cobardía.
Las normas en un Estado de Derecho son expresión de la voluntad popular, son un instrumento necesario para ordenar la convivencia, y garantizan que no existe otro poder por encima de la voluntad de los ciudadanos, en los que reside la soberanía.
Esto no sólo es teoría, es desiderátum que muy a menudo llega –afortunadamente- a ponerse en práctica.
Es muy frecuente no pararse ni siquiera a ver cuál es la finalidad de la norma….las agarramos a la primera de cambio, sin que medien razones suficientes y con el sólo objetivo de guarecernos, de parapetarnos tras ella utilizándola como muleta o capote improvisado… aunque estemos al otro lado de la barrera, aunque el toro aún no haya saltado a la arena e incluso cuando ni siquiera existe toro.
Un buen torero utilizaría cualquier trapo como capote o improvisada muleta, sin fijarse si es una toalla, una chaqueta, un sostén o una bandera… pero sólo en el caso en que perdiera sus defensas.
Es tendencia del ser humano pervertir las normas usándolas como instrumento de dominación o sometimiento, como burdos escudos protectores o como instrumentos políticos que imponen obligaciones o reconocen derechos que la realidad no permite materializar.
Desnaturalizar las normas o no atender a su finalidad puede ser de las trasgresiones más graves que pueda sufrir el derecho y la misma justicia.
He formado parte de varias entidades desde su constitución; en un primer momento surge en todos una –diría- innata tendencia a normativizarlo todo, a imponer normas para –casi siempre- luego olvidarlas, e imponer después una y otra vez nuevas normas. ¡¡Cuántas ordenanzas o reglamentos puede llegar a tener cualquier Ayuntamiento no derogadas y caídas por completo en el ostracismo y el olvido!!
Hace muchos años hablaba con un misionero. Yo le expresaba mi preocupación por el cumplimiento de determinados preceptos. Él me escuchaba atentamente, con mucho respeto. Me contestó contándome un cuento; un hombre encuentra un paraje donde se encuentra muy a gusto y se siente cerca de Dios…incluso tiene la sensación de verlo. Invita a sus amigos a ir con él a rezar. Todos se encuentran allí muy bien…y cada vez son más las personas que acuden a aquel lugar. Pronto construyen un altar, un templo, y establecen normas sobre la concurrencia a aquel lugar….Al cabo de un tiempo han olvidado las vivencias del primer hombre y se quedan sólo con las normas, el culto a las imágenes, al lugar ….todo queda desvirtuando.
Yo le había escuchado con mucha atención pero su respuesta no resolvía mi problema “normativo”….Y la consideré una respuesta inteligente y curiosa pero trasgresora, chocante e inquietante.
Estos días el Papa ha dicho que la fe que compartimos los católicos se fundamenta en un encuentro personal –individual de cada uno- con Dios…
Y yo me acordé –al leerle- de aquel misionero…y de la lección que me dió, y que aunque entendí no pudo calarme (enorme parapeto)...También reflexioné sobre los hombres de ayer y de hoy, y las normas; el afán por normatizar, el empeño en aguarecerse en éstas, y el afán de sustituir lo esencial por lo formal.

martes, 3 de agosto de 2010

Me equivoqué con el fútbol una vez más…Y que nos quiten lo bailao.


Como muchísimos españoles todavía estoy rumiando y paladeando el dulce sabor de la victoria de la selección española de fútbol en el ya pasado mundial de Sudáfrica.

Lamento ahora no haber seguido con más interés este evento deportivo, del cual he ido teniendo noticias con una cierta distancia, y hasta dejé de ver uno de los partidos de la selección Española, aquel en el que derrotamos a la Portugal de Cristiano Ronaldo.

No dejo de pensar que realmente la selección española ha tenido muchísima suerte, la suerte propia de los campeones. Ganamos todos los partidos menos uno, el único que podíamos perder. Nuestras victorias fueron todas por la mínima y ante rivales que también tuvieron ocasiones de haber abierto el marcador.

Tras la final no fueron pocos los entrenadores que recurriendo a uno de tópicos futbolísticos afirmaron; “en el fútbol no siempre ganan los mejores”. Y no les faltaba razón. Las paradas del enamorado de Íker se corresponden con las del mejor portero del mundo, pero también con las de un deportista que está en racha y al que le sale casi todo.

No quiero con estos comentarios restar ni un ápice de mérito a la gran victoria de España, puesto que hoy por hoy somos la selección en cuyos zapatos querría estar cualquiera otra, y porque nuestro estilo de juego y la categoría de nuestros jugadores es reconocida mundialmente.

Estos días de vacaciones en Italia he podido ver cómo muchos críos y jóvenes –españoles, italianos y de otros países- juegan, hacen su vida veraniega y turismo ataviados con la elástica de nuestro combinado nacional, con su flamante estrella…Los dorsales que he visto más repetidos han sido los de Iniesta, Villa y de Fábregas.

El fútbol es sólo fútbol, y uno tiene desde hace mucho edad de ir peinando canas, pero no puedo negar que la satisfacción es enorme, y con sólo pensar que si me hubiesen dicho esto antes no me lo hubiese creído me he sentido muy feliz. Me siendo como un niño con zapatos nuevos.

Atrás quedan muchos complejos propios del deporte español, las injustas eliminaciones, las inocentes actuaciones y la falta de carácter en muchas ocasiones de los jugadores españoles, que en general no han estado nunca exentos de calidad.

Mirando atrás, hasta donde llega mi corta memoria de aficionado, he caído en la cuenta de que hace unos años, no puedo precisar cuántos, cuando comenzó a aplicarse la normativa que ampliaba desde dos hasta el infinito el número de extranjeros de cada equipo, preveíamos muchos aficionados y algunos medios de comunicación que la selección española se resentiría con la merma del número de jugadores españoles en los equipos de primera división, y ciertamente en un primer momento –creo- fue así.

Recuerdo, de aquella época, haber contado en muchos encuentros televisados con los dedos de una mano el total de futbolistas españoles que había entre los dos equipos. Me preguntaba incluso en qué idioma serían los entrenamientos.

La situación, sin embargo, produjo a medio plazo resultados diametralmente opuestos a los que los agoreros esperábamos.

De una parte, porque muchos jóvenes futbolistas españoles empezaron a emigrar a competir en ligas extranjeras. Y adquirieron fuera de nuestras fronteras un mayor bagaje deportivo, humano y cultural (aprender un segundo idioma hace “crecer” mucho), que los ha hecho mejores jugadores y personas.

Los casos de Marchena, Torres, Pepe Reina, Xavi Alonso, Cesc Fábregas, Gerard Piqué, Reyes, o de Albiol son claro exponentes de todo este proceso de cambio. Y bien que esto ha favorecido a nuestra selección.
De otra parte, y precisamente por mor de la competencia, el nivel de los jugadores españoles ha crecido exponencialmente.

Baste recordar que los tres porteros de la selección española, Casillas, Reina y Valdés, pueden estar entre los seis mejores del mundo…


O que jugadores como Pablo Hernández (no estuvo en el mundial), Jesús Navas, Pedrito, Iniesta, Xavi Hernández, Villa, Mata u otros muchos no tienen nada que envidiar como futbolistas a algunos figurinis medio moñas que se postulan como los números uno del mundo… se ha visto que no con demasiado fundamento.

¿Qué no habría hecho Cristiano Ronaldo si hubiese dado en el mundial el rendimiento de Villa o si hubiese marcado los goles decisivos de Pujol o de Iniesta?. ¿Va a conllevar todo esto una redefinición de los cánones de belleza y talento que las jovencitas buscan en los jugadores?. No sé dónde leí que Andrés Iniesta, con su aspecto funcionario gris, de contable con manguitos y visera, se había convertido para muchas en objeto de deseo…Y la verdad que –casi- las entiendo.

Lo que no logro entender es eso de “la roja”.

Creo que es un eufemismo y a la vez una ambigüedad. Es una forma de no emplear los términos español y España. ¿Por vergüenza?, ¿por no disgustar a los nacionalistas?, ¿por querer identificar a la selección de España con el color rojo y con olvido del azul?.

La verdad, es que no lo entiendo….Pero hasta esto lo he visto positivo, porque muchos que se avergonzaban o se acojonaban de hablar de España o de su selección pasean orgullosos con la camiseta del equipo nacional, o han colocado en sus casas las banderas españolas con el escudo constitucional. Como me parece que tiene que ser.

Va a ser muy difícil que esto se repita, pero que nos quiten lo bailao.

jueves, 29 de julio de 2010

El amor y los "consorcios".

Estos últimos días de verano me he tropezado con algunos ojos enamorados. Quizá los buscaba porque valoro el amor, me emociona el amor. Vale la pena y pensaba en ello...Tal vez porque deseo que cuando mis hijos inicien una relación estén enamorados, y que mientras ésta dure amen y sean amados.
En un aeropuerto italiano hacíamos cola para embarcar en un avión que nos trajese de vuelta a España. Esperábamos muy atentos puesto que con estos vuelos baratos no se puede “perder puntá”.
Delante de nosotros una parejita joven. Me parecieron italianos, me lo confirmó el oirles hablar. Me fijé un poco más en ella. No era muy agraciada pero algo hacía su imagen muy agradable e incluso atractiva. Me pregunté qué sería. La respuesta la encontré en sus ojos y en la forma en que miraba a su chico. Estaba muy enamorada.
Vi reflejadas felicidad, emoción, ternura, admiración…pero también algo más…¿qué? Me costó cierto trabajo averiguarlo.
Pensé por unos instances que lo que irradiaban sus ojos se debía a que aquello era una despedida, pero esta opción la descarté en cuanto caí en la cuenta de que estábamos en la zona de embarque. Imaginé que aquello era un reencuentro, pero analizándolo más despacio aposté a que no sería ésa la causa.
No dudé cuando concluí que la causa era el amor. Amor con mayúsculas. Sin condiciones. Sus ojos decían que su amor por aquel chico no estaba sometido a plazos, ni a claúsulas y que deseaba entregarse a él (fundirse con él) sin reservas.
Reparé que llevaba tiempo echando en la falta en mi observación de la juventud ese tipo de amor, que lo da todo, que lo espera todo, que no se reserva nada, que en sí mismo es entrega y dación.
Esta conclusión también causó en mí una cierta emoción. Rememoré y medité sobre algunas parejas y sus actitudes.
Podría clasificar las parejas que he conocido en dos tipos. Aquellas en las cuales predomina un consorcio de “intereses sentimentales”, y aquellas otras en las cuales lo que predomina es la voluntad de cada uno de amar, y de dejarse amar.
Cuando predomina el amor con mayúsculas, la entrega mutua y sin condiciones pauta toda la relación. Ésta incluso puede romperse si uno o ambos considera que por cualquier motivo no hay futuro posible o puede hacer daño a la otra parte.
Si es preponderante el efecto “consorcio” cada uno se busca a sí mismo primordialmente, y trata de conseguir del otro, o de estar con el otro, una serie de prestaciones a las que no podría acceder por sí solo.
En los consorcios se aúnan esfuerzos para lograr cada uno en común sus propios objetivos. La relación abandona o renuncia al objetivo de aspirar a ser "una sola carne" para transformarse en una simbiosis en la que ella y él se buscan a sí mismos en la unión.
En estos “consorcios" o "simbiosis" sentimentales se utiliza al otro o la relación...Y se habla sin ambajes de las aportaciones que se está dispuesto a realizar (con metro y medida) y de las que se espera recibir...y exigir.

Si lo que importa para cada uno es el propio “yo”, no va a haber ningún pudor en hacer a espaldas del otro cualquier cosa que pueda no gustarle siempre que interese.
Cuando el interés propio es el edonista, sólo pretende la autosatisfacción, queda a un lado (como algo incidental) la búsqueda de la felicidad del compañero de travesía…con el que se está mientras que esto interese en términos emocionales, sensuales, sociales …. El objeto de la relación es uno mismo y no el otro.

Recuerdo un típico caso de “consorcio”…De “consorcio en estado puro”… Todo estaba programado, perfectamente medido para lograr placer sin compromiso, con las mínimas complicaciones... Y recuerdo una conversación en la cual me exponían cómo se podían combinar hasta "tres métodos" para no correr riesgos…que no quisieron correr nunca…ni aun casados...ni aún hoy cuando bordean la edad en que la fertilidad expira.
Todo a la medida del interés, del placer de cada uno…Los conflictos dirimidos en conferencia mediante pacto (doy para que des), y los senderos que marcan el aprovechamiento propio del otro bien marcados y recorridos.
Pienso que los fracasos de este tipo de relaciones suelen radicar en la unión misma, y son responsabilidad de ambos…En muchas ocasiones los equilibrios de intereses hacen que estas relaciones perduren e incluso que resulten definitivas.
Relaciones injustas e incluso crueles son aquellas en las que las dos partes no comparten los mismos propósitos, y una está dispuesta a entregarse, pero la otra mide en función de sí misma. Hay que saber ver esto a tiempo, y comprender que –en cualquier momento- la ruptura –aunque requiera sutura y cicatrización- es la mejor componenda.

Las fronteras, los límites, no son nunca tajantes sino difusos. Aunque pienso que suele predominar un aspecto sobre otro, todos podemos ser ejemplos de lo mejor y de lo peor; del amor más puro y del compromiso, y del egoismo más inconfesable. Somos así. Libres para decidir amar y para dejarnos amar. Libres para enmendar nuestros errores o para enterquecernos en ellos.
Recuerdo y veo desde el hoy unos jóvenes ojos enamorados –más aún que los de la chica del aeropuerto- que me miraban…y que yo miraba, y que se expresaban mutuo anhelo y deseo de estar siempre juntos; de entrega plena, sin condiciones ni reserva…Estar juntos como proyecto, apuesta sin red…pan y cebolla -de ser preciso- como sustento. Unos ojos que aún me miran y que yo miro, los ojos de mi amor...que no quiero dejar de mirar y de que me miren así.

jueves, 8 de julio de 2010

Romper amarras…Quebrar grilletes.

No estaba pensando en ninguna aventura marinera ni en el Conde de Montecristo cuando se me ocurrió ese título para esta reflexión.

Pensaba en mí mismo, en cualquiera de nosotros, cuando afrontamos la necesidad de empuñar el timón de nuestra vida y de virar hacia otra dirección diferente a la que llevamos.
Somos animales de costumbres. Hacemos muchas cosas porque sí, porque las venimos haciendo, porque un buen día emprendimos una determinada pauta, y nos sentimos más cómodos, más holgados en lo que ya conocemos… sacrificando –a veces- lo que de verdad nos gustaría en aras a la comodidad o al refugio frente a la cobardía que asumimos desde nuestra rutina.

Hace años viví el drama de alguien próximo que se enfrenta a su reelección para un cargo que de una parte desea por encima de todo, y que de otra sabe que precisa o le conviene dejar.

Después, pues no hay nada nuevo bajo el sol, parecidas circunstancias y sensaciones las he vivido yo mismo ante diversas tesituras que no son aquí del caso.

Alguien tendría alguna vez que explicarme cómo funciona el complejo mecanismo del yo –que no es para nada diferente en cada uno- y cómo actuamos ante determinadas situaciones que condicionan nuestra vida.
Querer estar y no querer estar. Querer ser reconocido y valorado por un determinado rol, a pesar de que no apetecemos la carga que representa, o de que sabemos no nos conviene.

Buscar refugio o refugiarse. Encontrar un varadero o atrincherarse en él, aunque el mar esté en calma chica, aunque sepamos que debemos partir, y afrontar una singladura –sea su rumbo cierto o incierto- que necesitamos o deseamos.

Y así nos podemos llevar años… agazapados a pesar de alertas, y de verlo –en ocasiones- claro… seguimos aferrados, acurrucados, ¿anestesiados?, hasta que puede llegar un momento –no siempre esto ocurre- en el que no sabemos debido a qué circunstancia todo cambia, se derrumba, y somos capaces de partir, mirando de soslayo atrás humedecidos los ojos, hacia no sabemos dónde o hacia un lar al que ojalá que no lleguemos tarde.

Yo ya tomé mi determinación respecto de un cargo que ahora es ya una carga, y por el que no siento desde hace tiempo ilusión alguna. Y creo que me ha llegado el momento en que tomo impulso para asumir la necesidad de tomar distancia respecto de una afición en la que sólo soy un espectador pasivo…y sufriente…y que muy poco de positivo me reporta en mis actuales circunstancias.

Estoy, pues, a punto de asir el timón y emprender esas singladuras que preciso, y que antes debí iniciar… ¿por qué, entonces, este sinsabor y mis dudas si estoy seguro? Creo que es mi falta de determinación, acomodo, miedo, cobardía y algo de amor propio mal encarado.

Resulta complejo conocerse...Estamos poco y mal entrenados para descifrar y llevar a cabo lo que de veras sentimos y deseamos. Y somos conservadores, y hasta –en ocasiones- pelín masoquistas, llegamos a sentirnos cómodos amarrados a puerto y hasta con grilletes.

martes, 22 de junio de 2010

"El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve".


"El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve", Antonio Machado.

Me acordé hace un par de días de esa frase de Antonio Machado, aunque a decir verdad me acordé de la frase y no de su autor.
Había acudido a la fiesta de graduación en ESO de mi hijo. Una fiesta sencilla, austera y alegre, preparada en poco tiempo y sin demasiados artificios, casi íntima entre alumnos, profesores y padres.

Tuve que asistir solo pues mi esposa estaba trabajando. Llegué un poco tarde, pero justo a tiempo; mi hijo me lo agradeció mucho, y yo me sentí dichoso de compartir aquel rato con él. No lo comentamos, pero con la mirada nos lo dijimos con total claridad.
Se desarrolló íntegramente en el patio del Colegio, y como hacía una tarde excelente, una tarde luminosa, no estábamos al sol, y no hacía calor, se estaba muy a gusto, y las condiciones plásticas y de luminosidad invitaban a hacer fotos. Muchos de los padres comenzaron a hacerlas, yo saqué también algunas…

No recuerdo muy bien la secuencia de mis pensamientos, lo cierto es que primero pensé en las fotos que estábamos haciendo, después me quedé mirando algunas de las máquinas fotográficas de los otros padres, a continuación me vi desplazado del lugar y circunstancia en que estaba embargado o embaucado por mis pensamientos acerca de los distintos tipos de aparatos fotográficos.
Me paré en seco y pensé; resulta absurdo, pero lo cierto es que siempre me han gustado más las máquinas fotográficas que las fotografías…y también más los equipos de música y los aparatos de radio, que escuchar música o la radio.
Me gusta la música, me gusta la radio, pero si he de ser honesto conmigo mismo –me decía- más me gustan los aparatos que para lo que sirven…Y con la fotografía –me confesaba- me pasa exactamente lo mismo.
Tras reprocharme estos pensamientos en un momento tan inoportuno, pues debía centrar mis pensamientos en mi hijo, se me vino a la cabeza la frase que encabeza este texto. No recordaba de quién era, pero sí que la recordaba con precisión y, además, me vi reflejado en ella.
No tiene nada de malo –me digo ahora- ni de nocivo tener afición o sentir interés por el funcionamiento de determinados aparatos tecnológicos, pero no parece muy práctico tener mayor afición al envoltorio, que a la esencia.

En una ocasión escuché que alguien próximo se quejaba de que su magnífico equipo HI-FI había sufrido una avería y cómo, tras pasar el pertinente mal rato ante tal contratiempo, se apresuró (como el que acude a apagar un incendio) a llevarlo al servicio técnico para su reparación… compró un aparato más barato para el periodo en que estaría sin él, y no descansó hasta que lo tuvo en casa convenientemente reparado… aunque ni antes ni después sacó rendimiento alguno al equipo, puesto que apenas escuchaba música.

Con demasiada frecuencia desvirtuamos las cosas, nos quedamos con el envoltorio y no nos centramos en lo verdaderamente importante.
Considero que es importante que profundicemos en nuestros verdaderos gustos, en nuestras verdaderas aficiones…y que sepamos ver cuáles son las razones que nos mueven a sentirnos atraídos por determinados temas.
Hace muchos años un amigo que ya nos dejó me hablaba de continuo de literatura hispanoamericana, tan de moda entonces, y yo me veía obligado a estar en la onda y a leer a determinados autores.

Recuerdo como un verdadero calvario la lectura de alguna que otra novela, que para mí no tenía ni pies ni cabeza…Leía y releía, y nada me interesaba…Leía y releía para poder hablar de estos temas tan importantes y cultos con mi amigo, pero a mí me importaban un bledo…
….Hasta que un buen día, tras acabar el árbol genealógico de los Buendía decidí que leería lo que me diera la gana, lo que me apeteciera, y nada más…Si era el Marca, el Marca, y si era a León Tolstoi, al amigo León.
Y no me ha ido mal, aunque a veces me planteo mis posibles contradicciones. ¿Quién no las tiene? Creo que debo convivir con ellas, aunque con espíritu crítico y sin traumas.
Me gustan más la máquinas de fotos que las fotos…Y más los aparatos de radio que lo que la mayoría de las veces dicen los locutores, porque no cambio por el mejor programa de radio el momento en que conseguí –por chiripa y tras recibir un calambrazo- reparar una radio Iberia de válvulas.

Para mí –y siento enmendarte la plana, Machado- siguen siendo ojos los de un ciego, aunque no me vean…

Y me causó más emoción acompañar a mi hijo en aquel acto, y lo que con la mirada nos dijimos, que todas estas disertaciones.

domingo, 20 de junio de 2010

Ser uno mismo.

Hace unos días mi hija pequeña me dijo mirándome a la cara, con semblante zalamero y cariñoso que en un determinado aspecto, de mayor, le gustaría ser como yo soy…

Sus palabras se traspasaron como un puñal el alma provocando no pocos sentimientos encontrados y complejos, que no sería capaz de describir.

Mi contestación –sin embargo- brotó automática, como la reacción del gato cuando esquiva el agua; le dije que debía ser ella misma, no se fijase ningún referente con los pies de barro.

Después estuve explicándole que cada persona es diferente; nadie es igual a otra persona, y que las circunstancias no se repiten nunca…Y que querer ser como otros –sean buenos o no, y se logre o no- puede generar fustración.

Nunca se alcanza ser igual que otra persona, las comparaciones son odiosas (Odiosa sunt restringenda), y las potencialidades de cada uno no tienen porqué en ningún caso ser peores o menos dignas que las de otras personas. No tiene sentido hacer dejación de uno mismo.

Ella me miró mientras hablaba, escuchándome con una atención impropia de su edad, y me hizo ver que había comprendido lo que le había tratado de decirle.

Yo quedé en paz, y con la sensación de que había estado presto y hábil en la respuesta, que había sabido transmitirle una lección –a mi parecer- importante.

Después me quedé pensando en mi respuesta y reacción, y cada vez estoy más convencido de que fue la oportuna.

También, después, no he dejado de pensar en el porqué de mi respuesta y mi convencimiento…Creo que lo tengo claro.

Durante años, y por una serie de circunstancias que no son del caso, fijé como referentes a otras personas o modelos, que en general nunca me fallaron. A pesar de ello, esto motivó en mí dificultades, sinsabores, fustraciones, renuncias…

Renuncia básicamente a ser yo mismo, queriendo revivir otras vidas, lograr objetivos de terceros, absteniéndome de pellizcarme y optar por lo que de veras siento y por lo que deseo.
Ese desistimiento de uno mismo incide negativamente en lo que ahora sé que los psicólogos llaman autoestima. La baja autoestima coincide con una mala percepción de uno mismo, y de su propia realidad, suele solaparse con un gran afán de perfeccionismo en determinadas cosas que intrínsecamente no son de uno, cosas que se hacen para ser valoradas por los demás.
Es muy duro –y ahora sé que triste- someterse de continuo al examen de los demás, y rara vez al de uno mismo…Hay en el fondo una distorsión, que puede llevarnos a tener una doble vida; la que esperan los demás, y la que le queda a uno mismo…algo así como los minutos de la basura.

No reniego de ninguna de las fases de mi vida, ni tampoco de mis decisiones esenciales; las asumo y acepto.

Todas estas reflexiones me hacen ver que estoy aprendiendo a fijar mis propias metas y objetivos, y quisiera ser capaz de transmitirlo a quienes más quiero.

domingo, 13 de junio de 2010

El sinsentido del fútbol...la decisión de retirarse a tiempo o a destiempo...

El Cádiz ha materializado hoy un casi seguro nuevo descenso a la 2ª B. Pocos querían pronosticar este desenlace, las cosas además en un primer momento se pusieron muy a favor, pero al final todo se volvió en contra. Y la decepción volvió a ser enorme.

No hay más que echar un vistazo a los foros de aficionados cadistas para ver lo decepcionada que está la afición y el nuevo disgusto que le ha propinado el equipo de sus amores.

Las conversaciones entre aficionados desde que terminó el partido allá por las ocho de la noche se centran en analizar lo que ha sido temporada, la trayectoria del equipo en los últimos años, los errores de la directiva y del cuerpo técnico, la actitud de los jugadores, etc.

A mí, la verdad, es que no me salía para nada en pensar en todo esto…Recordaba el gran disgusto que de hace ahora dos años en el estadio Rico Pérez de Alicante, y en aquel verano que pasamos luchando para que nos diese la razón –que jurídicamente teníamos- en un recurso por una alineación indebida.

Y pensaba en todo ello, porque todavía no he superado el disgusto que aquella situación me produjo, porque me cuestionaba entonces –y ahora me cuestiono- si realmente merece la pena una afición en la que tantísimos disgustos y sinsabores te llevas a cambio de nada, y en la que tú –además- no tienes capacidad para poder influir ni en los resultados ni en el devenir de la misma.

Los aficionados a la pintura, a la pesca, a la música, tienen una mayor capacidad de influir en el grado de satisfacción que les causa su afición…mientras que en el fútbol te conviertes en un seguidor pasivo, que sólo tiene una remotísima capacidad de influir o de interactuar con los resultados de la actividad que tanto centra la atención.

Esta tarde, mientras seguía el partido a través de varias retransmisiones radiofónicas (ninguna trajo la suerte que tanto deseaba) me sentí ridículo y absurdo sufriendo por algo en lo que de veras no debería irme absolutamente nada, y casi ruin cuando sentí la tentación de rezar por el resultado cuando estos días alguien de mi entorno se debate en una cruel batalla contra una enfermedad.

Es el momento de ir rompiendo amarras, el momento justo para “borrarse”, el momento para pasar el testigo a otros que animen y apoyen más a nuestro equipo. Siento que éste es el tiempo para esta decisión. Y espero que no tenga vuelta atrás.

Llevo mucho tiempo sin encontrarle sentido a nada de esto, sintiéndome algo así como anestesiado o autoembargado con esta toténica e irracional afición…que, sin embargo, y esto es lo mejor, me ha proporcionado muchos y buenos amigos, y algunos ratos entrañables.

sábado, 22 de mayo de 2010

Esas miradas de niño...

Han sido pocas las ocasiones en que he tenido contacto con críos en situación de acogida, que habiendo sido separados de sus padres o abandonados por éstos, se encuentran pendientes de ser adoptados.

Entiendo que es una experiencia dura, intensa y compleja para cualquier persona, puede serlo aún más para quienes somos padres, y tal vez incluso en mayor grado para quienes queriendo serlo aún no lo han conseguido.

Son niños y niñas difíciles, de comportamiento extraño, con la sensibilidad y la afectividad alterada. La convivencia con ellos puede llegar a ser desde difícil hasta casi imposible, y se hace tan cuesta arriba para quienes conviven con ellos que en ocasiones tienden a pensar que son niños o niñas malos, díscolos e incluso peligrosos.

Un pajarillo que cayese de su nido, y que no pudiera ser recuperado por su madre, perecería en muy poco tiempo.

Un crío que es separado del lado de sus padres incluso en el periodo en que aún no tienen consciencia de sí mismos, puede –sin duda- sobrevivir, pero muy probablemente tendrá secuelas que condicionarán toda su vida y que lastrarán su comportamiento y sus posibilidades de integración en la sociedad y en una familia.

Pocas labores más complejas y meritorias, generalmente llevada a cabo por personas altruistas, que cuidar y tratar de educar a estos niños y niñas.

Acercarse a ellos no es nada fácil e incluso poco conveniente porque ellos no precisan amigos, ni personas que les den compañía, simpatía o compasión; necesitan padre y madre. Y creo que viven como un desprecio el trato o la relación con personas que no estén dispuestas a llegar a serlo.

Cuando les he tratado lo que más me ha llamado la atención, y me ha conmovido, ha sido el orgullo, la estima que sienten por sus orígenes…por los pocos datos que conocen sobre ellos mismos.... Y uno se queda pensando en la gente de rancio abolengo...

Todos experimentamos la necesidad de vivir en pertenencia. Tener libertad pero también un puerto, un varadero al que asirse y del cual procedemos. Un punto de anclaje, una referencia. También –quizá más- estos niños.

Este sentimiento está relacionado no sólo con la identificación con unos padres, una familia, un entorno, sino además con el reconocimiento de la propia identidad.

¿Hay algo más básico para el ser humano que esto? Ser uno mismo, reconocerse como tal…Sentirse situado y arropado en este mundo, y en pertenencia con unos padres, con una familia.

Desde muy pequeños la personalidad se forja sobre la base de estos cimientos y –también- sobre el sentido de la propiedad; las palabras mamá, papá y “mío” son de las primeras que brotan de la boca de los niños, pues son éstos los conceptos que antes y más les preocupan.

¿Cómo se construye un edificio sin su cimiento más básico? ¿Cómo se forma una persona sin sus referencias primeras? Se hace difícil reparar una construcción a la que le falte esto, y quizá aún más complejo solventar estas carencias de la vida de un niño cuando ya las ha padecido.

Mucho de este sufrimiento podría evitarse o mitigarse si los procedimientos de adopción fuesen más ágiles, y si se consiguiese que los niños fuesen adoptados cuando lo precisen, con la mayor inmediatez y a la edad más temprana posible de forma que no viviesen carencias en los periodos en que más pueden dañarles y marcarles de por vida.

Me conmueve y me reta profundamente asomarme a la mirada de estos pequeños. Son ojos que imploran, y expresan que anhelan aquello que más necesitan. Algo a lo que tienen derecho subjetivo innato y que se les priva innecesariamene cuando se eternizan los trámites (= obstáculos) para su adopción.

jueves, 25 de marzo de 2010

Tras la tempestad viene la calma.

Tras la tempestad viene la calma.

Al menos suele venir. En la naturaleza a la zozobra le termina siguiendo la inacción, calma chicha. Llega un momento en que todo se tranquiliza y en el que lo había sido convulso deja de serlo para apaciguarse.
Me pregunto, ¿cómo fue el momento de quietud tras la batalla de Trafalgar?....Básicamente –seguro- de un triste y ahogado sosiego y paz. Las aguas teñidas del rojo-sangre pero con una quietud desafiante a la capacidad humana de romper equilibrios y cercenar vidas.
Las tempestades en las relaciones humanas vienen marcadas por los enfados y por la ira…Éstos a su vez son como torrentes de agua que habiendo estado estancada se liberan de repente y –con toda su fuerza- arramblan con todo lo que haya por delante. ¿Los motivos? … Terminan por no ser importantes.
Estas situaciones no pueden ser más desagradables de lo que de por sí son, pero siempre podemos extraer de ellas cosas positivas, incluso muy positivas si sabemos aprovecharlas convenientemente.
Se precisa para ello inteligencia emocional, que es una capacidad generalmente innata. Puede, no obstante, cultivarse y propiciarse si de veras estamos dispuestos a asumir el reto de saber extraer jugo a las oportunidades que nos da la vida…incluso cuando pintan pardas.
No son pocos los ejemplos de personas que han sabido aprovechar una enorme dificultad, contratiempo o trastorno en su vida…merecido o inmerecido, debido o no al azar, para obtener de la flaqueza, virtud; de la hecatombe, brotes.

Una lesión que trunca temporal o definitivamente la trayectoria de un deportista de élite en más de una ocasión ha servido para que éste aprendiera un idioma o terminase unos estudios universitarios.
Es famoso el caso de Julio Iglesias, que encuentra tras un accidente y sentado en una silla de ruedas, el camino para casi terminar sus estudios de derecho y el sendero que le llevó a la fama y a la fortuna como cantante.
La mayoría de los ejemplos que nos pudieran interesar son mucho menos espectaculares, y están relacionados con nuestra humildad; con nuestra capacidad de agachar la cabeza, de aguantar un chaparrón o terremoto, recuperar y hacer acopio de fuerzas, y reemprender la marcha, con más fuerza, con más convicción, con la propia de quien sabe de sus propias debilidades y defectos, de quien conoce sus limitaciones, y también lo que los demás piensan o pueden llegar a pensar de nosotros….Entre otras cosas, porque lo han podido oír alto y claro con ocasión de un ataque de cólera.
Recuerdo momentos duros en los que supe reconocer que yo había fallado…sin entrar a valorar la justicia o injusticia, el acierto o desacierto en la actuación de los demás. Momentos en los que me arrepentí de mis errores y en los que opté por soportar humillaciones, y ponerme en marcha.

Son recuerdos hermosos, duros y que me despiertan un cierto sentimiento, similar al de ternura, hacia mí mismo. Me resulta emotivo aunque un poco uphill (perdón) rememorarlo.
Es lo que tiene.

martes, 23 de marzo de 2010

Pagar los platos rotos.

Siempre que pienso en los refranes me acuerdo de uno disuasor: “hombre refranero, hombre majadero”. La verdad es que no dejan de sorprenderme en ocasiones la gran verdad y las lecciones que encierran muchos: “el jefe y del mulo, cuanto más lejos más seguro”… “si quieres saber lo que vale un potro, vende el tuyo y compra otro”…

Hoy, en este momento, tal vez por mi estado de ánimo, me paro en la frase hecha y por todos manida que encabeza este texto; “pagar los platos rotos”…. Y me doy cuenta de que quien la inventó era alguien que un buen día tuvo que pagar o penar por algo que no había hecho y que no le correspondía….pero los platos estaban hechos añicos y alguien tenía que recibir el castigo, la sanción o que efectuar el resarcimiento de/a un tercero que manda y que precisa desahogarse señalando con el dedo o con la zarpa a un chivo expiatorio. A un pobre diablo que pasaba por allí y que ni podía ni estaba preparado para defenderse de una situación que –por irreal- jamás podía tener prevista.

En una ocasión hace muchos años viví una circunstancia que ahora he rememorado; un grupo de cobardes murmuraban a espaldas de un tercero inocente que además confiaba en ellos…Tanta fue la murmuración, tanta la mentira, tanta la cobardía de aquella gente, que llegó un momento en que terceras personas llegaron a estar convencidas de que era un verdadero canalla, al que castigaron duramente y sin posibilidad de retorno.

Tras causar aquel daño, quien lo infringía se da cuenta de que ha sido injusto, de que ha dañado a un inocente, a alguien a quien han traicionado sus amigos…a alguien que no se defendió porque jamás entendió que tuviera que hacerlo, porque no había salido a una cancha de combate.

Muchas veces el daño no tiene retorno.

El tiempo pone a cada uno en su sitio, pero a veces por el camino quienes lo transitan se dejan girones de la piel, muy tristemente, por bulos y acusaciones cobardes e indeseables.

¡¡Y qué triste resulta, además, para quien ha sido injustamente objeto de vapuleo ver cómo terceras personas acuden para justificarse, para excusarse, para falsamente expresar una solidaridad que no tienen!!.... Y es que a veces el sentimiento de culpabilidad, sorprendentemente, es más fuerte que la propia cobardía y que la mezquidad… y en esa victoria de la culpabilidad el cobarde, mezquino, traicionero e insolidario se delata y queda en evidencia.

Y hay evidencias, que cuando son espontáneas y compartidas por quienes mantienen posturas contrapuestas en un asunto, tienen para ambos –digan de boquilla lo que digan- la fuerza de la verdad patente en la que no pueden engañar ni engañarse mirando al contrario cara a cara.

Me decía no hace demasiado tiempo un colega, que ciertas evidencias convencen más que la contemplación de la pura realidad de las cosas. Y es verdad. Y más aún cuando has visto los ojos y contemplado la actitud de quien viene a expresarte unas explicaciones, unas excusas, y una falsa solidaridad que no has pedido, que no necesitas, que no sólo no te sirve para nada, sino que además te hace daño.

Dios nos puede ayudar a saber personar, pero como bien dice Don Manué “arrepentidos nos quiere Dios”…cuando metemos la pata, cuando hacemos daño a un tercero injustamente…
“La caridad bien entendida empieza por uno mismo” (otro refrán), y no parece justo que nos despreciemos hasta el punto de pasar por alto y gratis afrentas injustas sin una sincera petición de disculpas, sin un desagravio honesto ante tanto daño.

Recuerdo todavía como si fuera hoy cómo quedó hace tantos años aquel querido amigo cuando de forma irremediable y sumarísima fue pasado por el cadalso por alguien que ya había agotado su paciencia tras escuchar tantas y tantas veces cosas negativas y medias verdades sobre el ajusticiado, que no se defendía, pero que con los ojos lo estaba diciendo todo. Y cómo tras infringirle el daño su causante –sin ya remedio- se percataba de la injusticia de su actuación…y las cobardes actuaciones de los instigadores ya descritas.

El ánimo puede repararse, pero las cicatrices pueden llegar a cubrir casi toda la piel. También la piel del alma. Y esos costurones, esas huellas, aunque no se ven, duelen siempre, dañan y afean aún más.

martes, 16 de marzo de 2010

El deporte y la superación, nunca es demasiado tarde...

Dicen que hacer deporte produce endorfinas, y que éstas producen mucha satisfacción y bienestar general.

Los péptidos opioides son polipéptidos pertenecientes al grupo de los compuestos neuropéptidos. Al igual que otros agentes afines, éstos presentan propiedades neuromoduladoras. Son producidos en la glándula pituitaria y el hipotálamo en vertebrados durante ejercicios vigorosos, excitación, y risa; y se parecen a los opiáceos en su habilidad para producir analgesia y una sensación de bienestar. Las endorfinas actúan como "eliminadores naturales del dolor", cuyos efectos pueden potenciar el de otras medicaciones.

Si de algo me arrepiento en relación con el ejercicio físico que vengo realizando desde primeros de agosto pasado a razón de una hora y cuarto casi todos los días, es de no haber empezado a realizarlo unos cuantos años antes.

Me he pasado buena parte de mi juventud y primeros años de madurez aparentando y también últimamente- sintiéndome mayor de lo que era en cada momento.... ¿El motivo? Pues uno casi matemático, durante mucho tiempo ingería muchas más calorías de las que realmente consumía.

Cuando transcurren años sin abandonar el sobrepeso, cuando las personas que bien te quieren te insisten en la necesidad de un cambio, cuando te sorprendes un buen día sintiendo como un "drama" el que tienes que agacharte para tomar (no empleo el verbo "coger" para no escandalizar a los amigos argentinos) algo que se te ha caído del suelo...y el disgusto viene porque nos cuesta trabajo "descender" hasta el nivel del pavimento...

...Cuando ocurre todo eso, decía, y además hemos fracasado en un par de dietas milagrosas que nos hemos propuesto, nuestro nivel de autoestima suele caer por los suelos... Y cuando eso ocurre nos volvemos más vulnerables, todo nos afecta más, tenemos mayor tendencia a perder la alegría, a sentirnos menos o peores que otras personas...y terminamos por resignarnos a no ser como nos gustaría, y todo ello desde el reconocimiento de nuestra triste realidad; no tenemos fuerza de voluntad, vulgo güevos, para ponernos pie en pared y agarrar el timón de nuestra nao.

La autoestima es un sentimiento muy profundo del ser humano, también llamado amor propio o autoapreciación, que pone en relación el concepto o la idea que tiene de sí mismo, su autoquerencia o amor a sí mismo, la percepción que presume tienen los demás de él mismo, y el nivel de autosatisfacción en relación con todo ello.

El nivel de autoestima determina en muchas ocasiones la diferencia entre personas felices y personas infelices, personas eficaces e ineficaces, personas laboriosas u ociosass, personas introvertidas y extrovertidas, etc, etc...

Creo que cuanto mayor sea el nivel de autoestima de un sujeto en mayor grado éste estará en posesión de otras muchas virtudes, habilidades, destrezas, felicidad y bienestar personal.

...Y una buena parte de esa autoestima se ve favorecida, por lo que parece, por las endorfinas, y por ende por el deporte. Y lo he comprobado en carnes propias. Y me siento cada vez más fuerte y mejor. Y estoy comprobando cómo esas endorfinas de veras que existen, y que son más efectivas y favorecedoras que cualquier medicina de botica, noto cómo trato de invertir el balance ingesta de calorias versus consumo y cómo estoy tratando de tomar "el timón".

Y merece la pena, siempre merece la pena superarnos, controlarnos...El resultado del esfuerzo siempre está a nuestro favor.

He llegado tarde al deporte, pero nunca es demasiado tarde...

sábado, 13 de marzo de 2010

El Secreto de sus Ojos


Acabo de ver El Secreto de sus Ojos.
Es un filme de Juan José Campanella que está de actualidad porque recién ha logrado un Óscar en Hollywood a la mejor película extranjera.
La historia narra una investigación judicial y personal de un crimen. Es interesante e intrigante, pero más allá de todo ello la película resulta bella por la forma en que se interpreta, por su música, cadencia y plástica.
Los protagonistas principales, Ricardo Darín y Soledad Villamil, realizan extraordinarias interpretaciones en la película…
Interpretaciones en plural porque cada uno da vida a su personaje en dos momentos temporales diferentes separados un cuarto de siglo y que se intercalan de continuo a la largo de la película.

Llama la atención cómo a los actores casi no se les caracteriza, y cómo nos muestran convincentemente cada uno dos personajes tan distintos y tan iguales…Sólo un cambio de peinado y gafas en el caso de Villamil, un distinto recorte de barba y algunas canas en el caso de Darín, llegan a ser suficientes sin requerirse las muletas de un mayor disfraz.
La historia es hermosa e interesante, está bien contada, interpretada y realizada, la música es muy apropiada, pero quizá el elemento de más calidad en la película para mí es la emoción que saben transmitir los principales protagonistas cuando se miran a los ojos.
Creo que esa magia, esa química entre ellos, que además también nos resulta permeable a través de la pantalla tiene tanta fuerza que los personajes no necesitan darse mutuamente detalles…Son diálogos cortos, con pocas palabras. Todo se lo dicen con la mirada…Y para el espectador es igual, no se precisan explicaciones ni que se narre nada más. La comunicación está en la mirada, y lo que se transmite es más sentimiento que argumento o historia.
Esa alquimia tan especial, esa emoción que nos suscita, va más allá de la dirección, de la interpretación, del arte y del guión. No se puede simular ni producir, si realmente no brota de una forma espontánea…. Y no son logro nuevo ni exclusivo de esta película, al menos en otra película anterior (El mismo amor, la misma lluvia), la chispa ya saltó...y la pudimos percibir a través de la pantalla.
Estoy convencido de que para quienes han votado este Óscar ha tenido mucho peso esas miradas…Muy probablemente a ellos habrá tardado mucho de borrárseles de la retina la imagen de Villamil mirando a Darín, y que a ellas le habrá ocurrido lo mismo respecto de la de Darín hacia su compañera.
¿Cuáles te han gustado más a ti?

viernes, 26 de febrero de 2010

El cansancio...y la vida.

Estoy muy cansado. Ahora sé lo que es.

Durante muchos años no supe jamás lo que era estar cansado. Dormía poco. Podía trabajar, y hacer cosas y cosas durante horas...y cuando paraba era porque realmente tocaba parar no porque tuviese la necesidad de hacerlo.

Se me viene a la cabeza un recuerdo de la infancia: mi abuela Rosario (madre de mi madre) se quejaba muy a menudo de que le dolía hasta el corazón.

A pesar de que era una persona con minusvalías, muchísimos dolores, dolencias y no pocas enfermedades, era la persona más trabajadora, voluntariosa, limpia y piadosa (no olvido nunca de ella la devoción con que rezaba todos los días las tres partes del Santo Rosario) que jamás he conocido, a mí me parecía exagerado de que se quejase de dolor en corazón.

Una vez se lo rebatí; le dije: "el corazón no duele"...Ella no entró a discutir conmigo, y me remitió a mi futura experiencia....que ya he vivido. Y no tengo más remedio que darle la razón; el corazón duele. Y además uno se cansa, y se cansa mucho y cuando eso ocurre no se pueden hacer todas las cosas que a uno le gustaría.

Todo esto me lleva a una reflexión que por otra parte es absolutamente obvia; la vida está compuesta de distintos momentos, y cada uno de ellos debe tener su propio contenido. No podemos hacer las mismas cosas con veinti-pocos años que con cuarenta y muchos.

Me comentaba no hace mucho un compañero que ya no volverá cumplir 65 años que durante años acumuló libros para "devorarlos" cuando se jubilase...Ahora le gustaría mucho poder hacer eso, pero sus circunstancias de salud sólo le permiten leer una media hora al día...

Esto es así para todo; el sexo o el deporte que no hagamos mientras que podemos no es recuperable, como tampoco lo es -o puede no serlo- el amor, el cariño, la sonrisa, etc que podamos dispensar a quienes nos rodean o a quienes nos necesitan.

Cuántos chascos nos llevamos por no saber planificar nuestra vida como lo que realmente es; algo temporal, contingente y de duración -y calidad- incierta.

Es muy cierto el aforismo que dice "cada día tiene su afán", aunque lo sustituiría por otro que se me antoja mejor, más completo, más concluyente; "Cada día, cada momento, es único e irrepetible"...

Afortunadamente todavía mi cansancio tiene un periodo de recuperación corto, y es llevadero...y todavía tengo capacidad para leer, y dar y recibir amor, cariño y sonrisas...y para más cosas.

Ya estoy mucho mejor de mi cansancio.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Cadena perpetua.

He tenido ocasión de ver hace unos días una película extraordinaria, que trajo de regalo el diario ABC; Cadena Perpetua (Shawsshank Redemption, 1994).

Yo no la había visto en su día. Narra la historia de Andy Dufresne, un joven directivo de la banca que es acusado de matar de su esposa y de la amante de ésta, y que es condenado a cadena perpetua, a pesar de no haber sido él el autor de estos crímenes.

La película narra perfectamente no sólo cómo es el ambiente de la cárcel, sino que tiene el gran mérito adicional de hacernos sentir lo que se vive dentro de ésta. Nos sabe transmitir el complicado e incluso íntimo estado anímico de los protagonistas.

No sólo vemos cómo Andy Dufresne llega a un aparetente estado de abandono de sí mismo, de su dignidad, y de su humanidad...sino que también casi se nos hace partícipes de su frustración y sus sentimientos...

...Aunque sólo aparentemente...porque cuando el cine alcanza la real categoría de séptimo arte, te encuentras que, por mor de unas excelentes interpretaciones, realización, dirección y guión, la historia que parece real, cruda e irreversible, se torna en un momento en esperanza y alegría para los protagonistas...y para los espectadores, que sienten la trama como propia.

Las interpretaciones protagonistas, Tim Robbins y Morgan Freeman, son extraordinariamente brillantes y en todo momento convincentes...Y las de los autores secundarios también muy destacadas.

La película nos cuenta varias historias cortas que discurren en paralelo con la trama principal, y nos deja unas piezas musicales de mucha calidad, y muy ajustadas a la película...Resulta memorable la escena en que Andy Dufresne consigue hacer sonar en la megafonía del presidio una excelente ópera italiana, lo que le cuesta un castigo...al tiempo que la admiración de todos.

Muy recomendable desde mi punto de vista. Saludos.

lunes, 22 de febrero de 2010

Ser uno mismo


¡Qué importante ser uno mismo!. Parece una perogrullada, porque no podemos ser más que nosotros mismos, pero tenemos -sin embargo- una enorme tendencia a despitarnos, y a pensar que somos o que queremos ser algo diferente a lo que de veras somos.


¿Qué nos lleva a no centranos en nosotros mismos? Tal vez a esta pregunta haya tantas respuestas como posibles interrogados. En mi caso creo que lo tengo claro; me preocupa más de lo que debería lo que piensen los demás, más bien lo que creo que a su vez piensan los demás de mí.

Hace unos meses me propuse perder algo de peso.... Conseguí perder un poco con la inestimable ayuda de mi esposa... Conforme fui lográndolo estaba contento, ilusionado, me sentía feliz... Y he de confesar que me alegraba imaginar el momento en que reencontrarme con determinadas personas que pudieran reconocerme esta tan necesaria y deseada mejora.
Una parte muy importante de la ilusión que me suscitaba mi "logro" se basaba en lo que opinasen los demás, y reconozco también que era un acicate importante a mi empeño en mantener y perseverar en la bajada de peso.
Somos así, quizá algo simplones o primarios. Nos retrata bien el famoso chiste del que naufraga y llega a una isla desierta en compañía de Claudia Schiffer.

Un buen día, según recuerdo, me llevé un gran disgusto...Alguien me dijo que al parecer no soy plato de gusto para una persona que conocía por la que no sentía gran estima puesto que no me parecía ni honesta ni sincera. Sin embargo, he de reconocer que saber esto me dolió, me provocó disgusto. Lo noté en la boca del estómago y en mi estado de ánimo el resto de aquel lejano día.

Fue aquella una de esas tardes en las cuales me he encontrado mal en mi vida, en la que me he sentido triste...y ese sin sabor y mal cuerpo no me abandonaba ni siquiera en los momentos en los que lograba pensar en otras cosas...Una de esas veces en que las malas sensaciones, las malas ondas prevalecen más allá de los pensamientos.
¿Cómo me sentía? Triste, desilusionado, injustamente valorado, ignorado...

¿Cómo debí superar esto? Desahogándome (escribiéndolo, contándolo, pensándolo...), y con pensamientos positivos.

¿Tanto me importa, de verdad lo que piensen los demás? ¿Tanto debería importarme? Son dos buenas preguntas, y se requiere un gran ejercicio de auto-sinceridad para poder responder esto.

Llego a la honesta conclusión de que no debería importarme tanto lo que piensen los demás de mí, que debo tener yo clara y como objetivo mi propia hoja de ruta, pero tengo que ejercitarme y poner puntos de esfuerzo para desinhibirme y no sufrir ante posibles preocupaciones por opiniones ajenas...en especial cuando vengan de personas cuya opinión pueda no ser objetiva, seria, desinteresada o bien intencionada.

Luna de Avellaneda: Una película que emociona, inspira y nos conecta con lo esencial.

A veces la vida te regala una tarde perfecta para reencontrarte con algo especial. Para mí, ese reencuentro fue con "una vieja amiga...