sábado, 22 de mayo de 2010

Esas miradas de niño...

Han sido pocas las ocasiones en que he tenido contacto con críos en situación de acogida, que habiendo sido separados de sus padres o abandonados por éstos, se encuentran pendientes de ser adoptados.

Entiendo que es una experiencia dura, intensa y compleja para cualquier persona, puede serlo aún más para quienes somos padres, y tal vez incluso en mayor grado para quienes queriendo serlo aún no lo han conseguido.

Son niños y niñas difíciles, de comportamiento extraño, con la sensibilidad y la afectividad alterada. La convivencia con ellos puede llegar a ser desde difícil hasta casi imposible, y se hace tan cuesta arriba para quienes conviven con ellos que en ocasiones tienden a pensar que son niños o niñas malos, díscolos e incluso peligrosos.

Un pajarillo que cayese de su nido, y que no pudiera ser recuperado por su madre, perecería en muy poco tiempo.

Un crío que es separado del lado de sus padres incluso en el periodo en que aún no tienen consciencia de sí mismos, puede –sin duda- sobrevivir, pero muy probablemente tendrá secuelas que condicionarán toda su vida y que lastrarán su comportamiento y sus posibilidades de integración en la sociedad y en una familia.

Pocas labores más complejas y meritorias, generalmente llevada a cabo por personas altruistas, que cuidar y tratar de educar a estos niños y niñas.

Acercarse a ellos no es nada fácil e incluso poco conveniente porque ellos no precisan amigos, ni personas que les den compañía, simpatía o compasión; necesitan padre y madre. Y creo que viven como un desprecio el trato o la relación con personas que no estén dispuestas a llegar a serlo.

Cuando les he tratado lo que más me ha llamado la atención, y me ha conmovido, ha sido el orgullo, la estima que sienten por sus orígenes…por los pocos datos que conocen sobre ellos mismos.... Y uno se queda pensando en la gente de rancio abolengo...

Todos experimentamos la necesidad de vivir en pertenencia. Tener libertad pero también un puerto, un varadero al que asirse y del cual procedemos. Un punto de anclaje, una referencia. También –quizá más- estos niños.

Este sentimiento está relacionado no sólo con la identificación con unos padres, una familia, un entorno, sino además con el reconocimiento de la propia identidad.

¿Hay algo más básico para el ser humano que esto? Ser uno mismo, reconocerse como tal…Sentirse situado y arropado en este mundo, y en pertenencia con unos padres, con una familia.

Desde muy pequeños la personalidad se forja sobre la base de estos cimientos y –también- sobre el sentido de la propiedad; las palabras mamá, papá y “mío” son de las primeras que brotan de la boca de los niños, pues son éstos los conceptos que antes y más les preocupan.

¿Cómo se construye un edificio sin su cimiento más básico? ¿Cómo se forma una persona sin sus referencias primeras? Se hace difícil reparar una construcción a la que le falte esto, y quizá aún más complejo solventar estas carencias de la vida de un niño cuando ya las ha padecido.

Mucho de este sufrimiento podría evitarse o mitigarse si los procedimientos de adopción fuesen más ágiles, y si se consiguiese que los niños fuesen adoptados cuando lo precisen, con la mayor inmediatez y a la edad más temprana posible de forma que no viviesen carencias en los periodos en que más pueden dañarles y marcarles de por vida.

Me conmueve y me reta profundamente asomarme a la mirada de estos pequeños. Son ojos que imploran, y expresan que anhelan aquello que más necesitan. Algo a lo que tienen derecho subjetivo innato y que se les priva innecesariamene cuando se eternizan los trámites (= obstáculos) para su adopción.

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