No estaba pensando en ninguna aventura marinera ni en el Conde de Montecristo cuando se me ocurrió ese título para esta reflexión.

Pensaba en mí mismo, en cualquiera de nosotros, cuando afrontamos la necesidad de empuñar el timón de nuestra vida y de virar hacia otra dirección diferente a la que llevamos.
Somos animales de costumbres. Hacemos muchas cosas porque sí, porque las venimos haciendo, porque un buen día emprendimos una determinada pauta, y nos sentimos más cómodos, más holgados en lo que ya conocemos… sacrificando –a veces- lo que de verdad nos gustaría en aras a la comodidad o al refugio frente a la cobardía que asumimos desde nuestra rutina.
Hace años viví el drama de alguien próximo que se enfrenta a su reelección para un cargo que de una parte desea por encima de todo, y que de otra sabe que precisa o le conviene dejar.

Después, pues no hay nada nuevo bajo el sol, parecidas circunstancias y sensaciones las he vivido yo mismo ante diversas tesituras que no son aquí del caso.
Alguien tendría alguna vez que explicarme cómo funciona el complejo mecanismo del yo –que no es para nada diferente en cada uno- y cómo actuamos ante determinadas situaciones que condicionan nuestra vida.
Querer estar y no querer estar. Querer ser reconocido y valorado por un determinado rol, a pesar de que no apetecemos la carga que representa, o de que sabemos no nos conviene.
Querer estar y no querer estar. Querer ser reconocido y valorado por un determinado rol, a pesar de que no apetecemos la carga que representa, o de que sabemos no nos conviene.
Buscar refugio o refugiarse. Encontrar un varadero o atrincherarse en él, aunque el mar esté en calma chica, aunque sepamos que debemos partir, y afrontar una singladura –sea su rumbo cierto o incierto- que necesitamos o deseamos.
Y así nos podemos llevar años… agazapados a pesar de alertas, y de verlo –en ocasiones- claro… seguimos aferrados, acurrucados, ¿anestesiados?, hasta que puede llegar un momento –no siempre esto ocurre- en el que no sabemos debido a qué circunstancia todo cambia, se derrumba, y somos capaces de partir, mirando de soslayo atrás humedecidos los ojos, hacia no sabemos dónde o hacia un lar al que ojalá que no lleguemos tarde.
Yo ya tomé mi determinación respecto de un cargo que ahora es ya una carga, y por el que no siento desde hace tiempo ilusión alguna. Y creo que me ha llegado el momento en que tomo impulso para asumir la necesidad de tomar distancia respecto de una afición en la que sólo soy un espectador pasivo…y sufriente…y que muy poco de positivo me reporta en mis actuales circunstancias.


Estoy, pues, a punto de asir el timón y emprender esas singladuras que preciso, y que antes debí iniciar… ¿por qué, entonces, este sinsabor y mis dudas si estoy seguro? Creo que es mi falta de determinación, acomodo, miedo, cobardía y algo de amor propio mal encarado.
Resulta complejo conocerse...Estamos poco y mal entrenados para descifrar y llevar a cabo lo que de veras sentimos y deseamos. Y somos conservadores, y hasta –en ocasiones- pelín masoquistas, llegamos a sentirnos cómodos amarrados a puerto y hasta con grilletes.
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