jueves, 29 de julio de 2010

El amor y los "consorcios".

Estos últimos días de verano me he tropezado con algunos ojos enamorados. Quizá los buscaba porque valoro el amor, me emociona el amor. Vale la pena y pensaba en ello...Tal vez porque deseo que cuando mis hijos inicien una relación estén enamorados, y que mientras ésta dure amen y sean amados.
En un aeropuerto italiano hacíamos cola para embarcar en un avión que nos trajese de vuelta a España. Esperábamos muy atentos puesto que con estos vuelos baratos no se puede “perder puntá”.
Delante de nosotros una parejita joven. Me parecieron italianos, me lo confirmó el oirles hablar. Me fijé un poco más en ella. No era muy agraciada pero algo hacía su imagen muy agradable e incluso atractiva. Me pregunté qué sería. La respuesta la encontré en sus ojos y en la forma en que miraba a su chico. Estaba muy enamorada.
Vi reflejadas felicidad, emoción, ternura, admiración…pero también algo más…¿qué? Me costó cierto trabajo averiguarlo.
Pensé por unos instances que lo que irradiaban sus ojos se debía a que aquello era una despedida, pero esta opción la descarté en cuanto caí en la cuenta de que estábamos en la zona de embarque. Imaginé que aquello era un reencuentro, pero analizándolo más despacio aposté a que no sería ésa la causa.
No dudé cuando concluí que la causa era el amor. Amor con mayúsculas. Sin condiciones. Sus ojos decían que su amor por aquel chico no estaba sometido a plazos, ni a claúsulas y que deseaba entregarse a él (fundirse con él) sin reservas.
Reparé que llevaba tiempo echando en la falta en mi observación de la juventud ese tipo de amor, que lo da todo, que lo espera todo, que no se reserva nada, que en sí mismo es entrega y dación.
Esta conclusión también causó en mí una cierta emoción. Rememoré y medité sobre algunas parejas y sus actitudes.
Podría clasificar las parejas que he conocido en dos tipos. Aquellas en las cuales predomina un consorcio de “intereses sentimentales”, y aquellas otras en las cuales lo que predomina es la voluntad de cada uno de amar, y de dejarse amar.
Cuando predomina el amor con mayúsculas, la entrega mutua y sin condiciones pauta toda la relación. Ésta incluso puede romperse si uno o ambos considera que por cualquier motivo no hay futuro posible o puede hacer daño a la otra parte.
Si es preponderante el efecto “consorcio” cada uno se busca a sí mismo primordialmente, y trata de conseguir del otro, o de estar con el otro, una serie de prestaciones a las que no podría acceder por sí solo.
En los consorcios se aúnan esfuerzos para lograr cada uno en común sus propios objetivos. La relación abandona o renuncia al objetivo de aspirar a ser "una sola carne" para transformarse en una simbiosis en la que ella y él se buscan a sí mismos en la unión.
En estos “consorcios" o "simbiosis" sentimentales se utiliza al otro o la relación...Y se habla sin ambajes de las aportaciones que se está dispuesto a realizar (con metro y medida) y de las que se espera recibir...y exigir.

Si lo que importa para cada uno es el propio “yo”, no va a haber ningún pudor en hacer a espaldas del otro cualquier cosa que pueda no gustarle siempre que interese.
Cuando el interés propio es el edonista, sólo pretende la autosatisfacción, queda a un lado (como algo incidental) la búsqueda de la felicidad del compañero de travesía…con el que se está mientras que esto interese en términos emocionales, sensuales, sociales …. El objeto de la relación es uno mismo y no el otro.

Recuerdo un típico caso de “consorcio”…De “consorcio en estado puro”… Todo estaba programado, perfectamente medido para lograr placer sin compromiso, con las mínimas complicaciones... Y recuerdo una conversación en la cual me exponían cómo se podían combinar hasta "tres métodos" para no correr riesgos…que no quisieron correr nunca…ni aun casados...ni aún hoy cuando bordean la edad en que la fertilidad expira.
Todo a la medida del interés, del placer de cada uno…Los conflictos dirimidos en conferencia mediante pacto (doy para que des), y los senderos que marcan el aprovechamiento propio del otro bien marcados y recorridos.
Pienso que los fracasos de este tipo de relaciones suelen radicar en la unión misma, y son responsabilidad de ambos…En muchas ocasiones los equilibrios de intereses hacen que estas relaciones perduren e incluso que resulten definitivas.
Relaciones injustas e incluso crueles son aquellas en las que las dos partes no comparten los mismos propósitos, y una está dispuesta a entregarse, pero la otra mide en función de sí misma. Hay que saber ver esto a tiempo, y comprender que –en cualquier momento- la ruptura –aunque requiera sutura y cicatrización- es la mejor componenda.

Las fronteras, los límites, no son nunca tajantes sino difusos. Aunque pienso que suele predominar un aspecto sobre otro, todos podemos ser ejemplos de lo mejor y de lo peor; del amor más puro y del compromiso, y del egoismo más inconfesable. Somos así. Libres para decidir amar y para dejarnos amar. Libres para enmendar nuestros errores o para enterquecernos en ellos.
Recuerdo y veo desde el hoy unos jóvenes ojos enamorados –más aún que los de la chica del aeropuerto- que me miraban…y que yo miraba, y que se expresaban mutuo anhelo y deseo de estar siempre juntos; de entrega plena, sin condiciones ni reserva…Estar juntos como proyecto, apuesta sin red…pan y cebolla -de ser preciso- como sustento. Unos ojos que aún me miran y que yo miro, los ojos de mi amor...que no quiero dejar de mirar y de que me miren así.

jueves, 8 de julio de 2010

Romper amarras…Quebrar grilletes.

No estaba pensando en ninguna aventura marinera ni en el Conde de Montecristo cuando se me ocurrió ese título para esta reflexión.

Pensaba en mí mismo, en cualquiera de nosotros, cuando afrontamos la necesidad de empuñar el timón de nuestra vida y de virar hacia otra dirección diferente a la que llevamos.
Somos animales de costumbres. Hacemos muchas cosas porque sí, porque las venimos haciendo, porque un buen día emprendimos una determinada pauta, y nos sentimos más cómodos, más holgados en lo que ya conocemos… sacrificando –a veces- lo que de verdad nos gustaría en aras a la comodidad o al refugio frente a la cobardía que asumimos desde nuestra rutina.

Hace años viví el drama de alguien próximo que se enfrenta a su reelección para un cargo que de una parte desea por encima de todo, y que de otra sabe que precisa o le conviene dejar.

Después, pues no hay nada nuevo bajo el sol, parecidas circunstancias y sensaciones las he vivido yo mismo ante diversas tesituras que no son aquí del caso.

Alguien tendría alguna vez que explicarme cómo funciona el complejo mecanismo del yo –que no es para nada diferente en cada uno- y cómo actuamos ante determinadas situaciones que condicionan nuestra vida.
Querer estar y no querer estar. Querer ser reconocido y valorado por un determinado rol, a pesar de que no apetecemos la carga que representa, o de que sabemos no nos conviene.

Buscar refugio o refugiarse. Encontrar un varadero o atrincherarse en él, aunque el mar esté en calma chica, aunque sepamos que debemos partir, y afrontar una singladura –sea su rumbo cierto o incierto- que necesitamos o deseamos.

Y así nos podemos llevar años… agazapados a pesar de alertas, y de verlo –en ocasiones- claro… seguimos aferrados, acurrucados, ¿anestesiados?, hasta que puede llegar un momento –no siempre esto ocurre- en el que no sabemos debido a qué circunstancia todo cambia, se derrumba, y somos capaces de partir, mirando de soslayo atrás humedecidos los ojos, hacia no sabemos dónde o hacia un lar al que ojalá que no lleguemos tarde.

Yo ya tomé mi determinación respecto de un cargo que ahora es ya una carga, y por el que no siento desde hace tiempo ilusión alguna. Y creo que me ha llegado el momento en que tomo impulso para asumir la necesidad de tomar distancia respecto de una afición en la que sólo soy un espectador pasivo…y sufriente…y que muy poco de positivo me reporta en mis actuales circunstancias.

Estoy, pues, a punto de asir el timón y emprender esas singladuras que preciso, y que antes debí iniciar… ¿por qué, entonces, este sinsabor y mis dudas si estoy seguro? Creo que es mi falta de determinación, acomodo, miedo, cobardía y algo de amor propio mal encarado.

Resulta complejo conocerse...Estamos poco y mal entrenados para descifrar y llevar a cabo lo que de veras sentimos y deseamos. Y somos conservadores, y hasta –en ocasiones- pelín masoquistas, llegamos a sentirnos cómodos amarrados a puerto y hasta con grilletes.

Luna de Avellaneda: Una película que emociona, inspira y nos conecta con lo esencial.

A veces la vida te regala una tarde perfecta para reencontrarte con algo especial. Para mí, ese reencuentro fue con "una vieja amiga...