Todos buscamos seguridad. Pretendemos resguardarnos de posibles peligros, acorazarnos real o figuradamente de modo que los riesgos que puedan acecharnos se minimicen.
En mi p
rofesión, como en tantas otras, estoy en permanente contacto con normas…Éstas en muchas ocasiones son una eficaz forma de resguardarnos. Las usamos, en ese sentido, de forma similar a cómo se emplean en la cocina el mango de una sartén y la espumadera.
Si cocináramos tocando directamente la parte incandescente de una sartén nos quemaríamos…Si asimos con fuerza y firmeza el mango del cazo y manipulamos los alimentos que están en el fuego con una espumadera difícilmente podemos dañarnos.
Cuando, sin embargo, perdemos el control de una situación nos vemos en la necesidad de actuar sin atenernos estrictamente al cauce que garantizan las normas, y en esos momentos puede ocurrirnos lo mismo que si metemos los dedos en una sartén con aceite hirviendo.
Es por ello que procuramos ser cautos, muchas veces en exceso… y nos parapetamos tras las normas, actuando desde el otro lado de la barrera…Nos atrevemos a azuzar al toro pero sólo con la voz y con el gesto… Y si nos dejaran “torearíamos” a tiros desde la grada de la plaza.
El exceso de protección o de celo puede ser algo asimilable a la cobardía.
Las normas en un Estado de Derecho son expresión de la voluntad popular, son un instrumento necesario para ordenar la convivencia, y garantizan que no existe otro poder por encima de la voluntad de los ciudadanos, en los que reside la soberanía.
Esto no sólo es teoría, es desiderátum que muy a menudo llega –afortunadamente- a ponerse en práctica.
Es muy frecuente no pararse ni siquiera a ver cuál es la finalidad de la norma….las agarramos a la primera de cambio, sin que medien razones suficientes y con el sólo objetivo de guarecernos, de parapetarnos tras ella utilizándola como muleta o capote improvisado… aunque estemos al otro lado de la barrera, aunque el toro aún no haya saltado a la arena e incluso cuando ni siquiera exis
te toro.
Un buen torero utilizaría cualquier trapo como capote o improvisada muleta, sin fijarse si es una toalla, una chaqueta, un sostén o una bandera… pero sólo en el caso en que perdiera sus defensas.
Es tendencia del ser humano pervertir las normas usándolas como instrumento de dominación o sometimiento, como burdos escudos protectores o como instrumentos políticos que imponen obligaciones o reconocen derechos que la realidad no permite materializar.
Desnaturalizar las normas o no atender a su finalidad puede ser de las trasgresiones más graves que
pueda sufrir el derecho y la misma justicia.
He formado parte de varias entidades desde su constitución; en un primer momento surge en todos una –diría- innata tendencia a normativizarlo todo, a imponer normas para –casi siempre- luego olvidarlas, e imponer después una y otra vez nuevas normas. ¡¡Cuántas ordenanzas o reglamentos puede llegar a tener cualquier Ayuntamiento no derogadas y caídas por completo en el ostracismo y el olvido!!
Hace muchos años hablaba con un misionero. Yo le expresaba mi preocupación por el cumplimiento de determinados preceptos. Él me escuchaba atentamente, con mucho respeto. Me contestó contándome un cuento; un hombre e
ncuentra un paraje donde se encuentra muy a gusto y se siente cerca de Dios…incluso tiene la sensación de verlo. Invita a sus amigos a ir con él a rezar. Todos se encuentran allí muy bien…y cada vez son más las personas que acuden a aquel lugar. Pronto construyen un altar, un templo, y establecen normas sobre la concurrencia a aquel lugar….Al cabo de un tiempo han olvidado las vivencias del primer hombre y se quedan sólo con las normas, el culto a las imágenes, al lugar ….todo queda desvirtuando.
Yo le había escuchado con mucha atención pero su respuesta no resolvía mi problema “normativo”….Y la consideré una respuesta
inteligente y curiosa pero trasgresora, chocante e inquietante.
Estos días el Papa ha dicho que la fe que compartimos los católicos se fundamenta en un encuentro personal –individual de cada uno- con Dios…
Y yo me acordé –al leerle- de aquel misionero…y de la lección que me dió, y que aunque entendí no pudo calarme (enorme parapeto)...También reflexioné sobre los hombres de ayer y de hoy, y las normas; el afán por normatizar, el empeño en aguarecerse en éstas, y el afán de sustituir lo esencial por lo formal.
En mi p
rofesión, como en tantas otras, estoy en permanente contacto con normas…Éstas en muchas ocasiones son una eficaz forma de resguardarnos. Las usamos, en ese sentido, de forma similar a cómo se emplean en la cocina el mango de una sartén y la espumadera.Si cocináramos tocando directamente la parte incandescente de una sartén nos quemaríamos…Si asimos con fuerza y firmeza el mango del cazo y manipulamos los alimentos que están en el fuego con una espumadera difícilmente podemos dañarnos.
Cuando, sin embargo, perdemos el control de una situación nos vemos en la necesidad de actuar sin atenernos estrictamente al cauce que garantizan las normas, y en esos momentos puede ocurrirnos lo mismo que si metemos los dedos en una sartén con aceite hirviendo.
Es por ello que procuramos ser cautos, muchas veces en exceso… y nos parapetamos tras las normas, actuando desde el otro lado de la barrera…Nos atrevemos a azuzar al toro pero sólo con la voz y con el gesto… Y si nos dejaran “torearíamos” a tiros desde la grada de la plaza.
El exceso de protección o de celo puede ser algo asimilable a la cobardía.
Las normas en un Estado de Derecho son expresión de la voluntad popular, son un instrumento necesario para ordenar la convivencia, y garantizan que no existe otro poder por encima de la voluntad de los ciudadanos, en los que reside la soberanía.
Esto no sólo es teoría, es desiderátum que muy a menudo llega –afortunadamente- a ponerse en práctica.
Es muy frecuente no pararse ni siquiera a ver cuál es la finalidad de la norma….las agarramos a la primera de cambio, sin que medien razones suficientes y con el sólo objetivo de guarecernos, de parapetarnos tras ella utilizándola como muleta o capote improvisado… aunque estemos al otro lado de la barrera, aunque el toro aún no haya saltado a la arena e incluso cuando ni siquiera exis
te toro.Un buen torero utilizaría cualquier trapo como capote o improvisada muleta, sin fijarse si es una toalla, una chaqueta, un sostén o una bandera… pero sólo en el caso en que perdiera sus defensas.
Es tendencia del ser humano pervertir las normas usándolas como instrumento de dominación o sometimiento, como burdos escudos protectores o como instrumentos políticos que imponen obligaciones o reconocen derechos que la realidad no permite materializar.
Desnaturalizar las normas o no atender a su finalidad puede ser de las trasgresiones más graves que
pueda sufrir el derecho y la misma justicia.He formado parte de varias entidades desde su constitución; en un primer momento surge en todos una –diría- innata tendencia a normativizarlo todo, a imponer normas para –casi siempre- luego olvidarlas, e imponer después una y otra vez nuevas normas. ¡¡Cuántas ordenanzas o reglamentos puede llegar a tener cualquier Ayuntamiento no derogadas y caídas por completo en el ostracismo y el olvido!!
Hace muchos años hablaba con un misionero. Yo le expresaba mi preocupación por el cumplimiento de determinados preceptos. Él me escuchaba atentamente, con mucho respeto. Me contestó contándome un cuento; un hombre e
ncuentra un paraje donde se encuentra muy a gusto y se siente cerca de Dios…incluso tiene la sensación de verlo. Invita a sus amigos a ir con él a rezar. Todos se encuentran allí muy bien…y cada vez son más las personas que acuden a aquel lugar. Pronto construyen un altar, un templo, y establecen normas sobre la concurrencia a aquel lugar….Al cabo de un tiempo han olvidado las vivencias del primer hombre y se quedan sólo con las normas, el culto a las imágenes, al lugar ….todo queda desvirtuando.Yo le había escuchado con mucha atención pero su respuesta no resolvía mi problema “normativo”….Y la consideré una respuesta
inteligente y curiosa pero trasgresora, chocante e inquietante. Estos días el Papa ha dicho que la fe que compartimos los católicos se fundamenta en un encuentro personal –individual de cada uno- con Dios…
Y yo me acordé –al leerle- de aquel misionero…y de la lección que me dió, y que aunque entendí no pudo calarme (enorme parapeto)...También reflexioné sobre los hombres de ayer y de hoy, y las normas; el afán por normatizar, el empeño en aguarecerse en éstas, y el afán de sustituir lo esencial por lo formal.
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