Era medio día, yo volvía del trabajo. Él estaba tumbado, vencido, sobre la calzada caliente bajo un sol de justicia a riesgo de que cualquier vehículo lo aplastase.
A cierta distancia me llamó la atención algo un color
amarillo intenso y brillante potenciado
por el sol. Al pasar junto a su lado y fijarme pude comprobar que era un
canario, estaba vivo, y que movía ligeramente la cabeza.
Pasé de largo, quizá con un pensamiento inmediato de que no
podía hacerme cargo de aquel animal…pero cuando unos trescientos metros más
adelante aparqué mi vehículo tuve que volverme arrepentido y preocupado de que
pudiesen aplastarlo.
Estaba vivo, bien vivo, tanto que cuando intenté recogerlo de
la calzada echó a volar, aunque torpemente, y se subió a la copa de un árbol de
donde cayó en un momento al suelo…Después, cuando volví a intentar recogerlo,
emprendió otro vuelo que le llevó hasta un pretil en un edificio cercano, pero
de allí volvió a caer, y por fin pude hacerme con él.
Al llegar a casa, lo coloqué provisionalmente en una caja de
zapatos semicerrada, estaba muy nervioso y temblón, estresado. Cuando una hora
más tarde pude meterlo en una jaula el animal inmediatamente se relajó. Quedó
tranquilo, empezó a comer grano y a beber. Poco después dormía relajadamente colando
su cabeza bajo el ala. Y a la mañana siguiente se le veía animado,
estaba intentando cantar…hasta que repentinamente comenzó a temblar y a mover
las alas, cayendo súbitamente al suelo de la jaula muerto. No llegó a estar en
casa ni 24 horas.
¿Qué pudo pasarle? Casi con toda seguridad salió de una
jaula, posiblemente estuvo bastantes horas suelto, sin comer ni beber, quizá
sufrió algún daño tratando de volar a pesar de no estar acostumbrado…Acabó yaciendo
sobre la calzada -tal como me lo encontré- esperando que la rueda de un
vehículo acabase con sus días.
Fueron muy pocas horas, pero este animal, no sé era macho o hembra,
me dejó huella. Quizá porque me solidaricé con su drama, porque hice el esfuerzo
de ayudarle, porque le vi relajarse tras un enorme estrés, porque le vi fin
comer, beber y dormir…porque contribuí a que sus últimas horas fuesen buenas, y
porque le vi marcharse.
Me impactó cómo el animal sólo se relajó cuando se vio dentro
de una jaula, casi con toda seguridad nació y vivió en ellas. Esto me hizo
pensar que muchas veces las personas también buscamos refugio “en nuestras
cárceles”. Y que en ocasiones nos las fabricamos nosotros solos. Es un tema
complejo pues los mecanismos no siempre son idénticos. A veces buscamos
instalarnos en una zona de confort, en otras “vendemos” nuestra libertad a
cambio de seguridad…
También me interpeló pensar que con frecuencia nuestro prójimo
necesitado no es un fringílido sino otra persona. Alguien que se ve en un
aprieto. ¿Cuántas veces me he vuelto a echar una mano?
Me siento afortunado y agradecido de haber vivido esta
experiencia. Estoy convencido de que las cosas no ocurren porque sí. También me
siento retado ante las reflexiones expresadas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario